En esto creo
Rodolfo Pérez
Fotógrafo

Yo no soy el periódico en el que trabajo, soy Rodolfo Pérez, fotógrafo, que piensa como un ciudadano más, que sale a la ciudad. Y tomo fotografías de acuerdo a mi criterio, para decir esto está mal o esto está bien.
En un evento político, si tú no entiendes las razones de la concentración de la gente, fotográficamente tú puedes mal informar, reflejar que la gente está entregada a un político, pero tal vez es porque quienes los acarrearon les dijeron que lanzaran una porra, y la gente, por temor a perder un apoyo económico, lo hace. Si tú en ese momento tomas una foto, eso es manipular. Se puede, y ocurre, desde que empecé en la fotografía, hace 30 años, y hasta la fecha lo sigo viendo.
Una buena fotografía, periodísticamente hablando, debe tener los suficientes elementos para darle al lector una claridad sobre lo que ocurrió, donde no sea necesario un pie de foto; eso es lo ideal en una fotografía. Obviamente debe ser oportuna, objetiva —que es algo muy difícil, porque lo objetivo es muy subjetivo— o lo más apegada a la realidad.
Los fotógrafos hemos dejado de recorrer la ciudad, hacemos foto política, deportiva, de nota roja, y debería ser nuestra labor recorrer la ciudad, observar y, gráficamente, denunciar. A lo mejor una alcantarilla que está abierta y que está causando problemas a la gente. Ahí deberíamos estar.
Un político sabe que si la lleva bien con algún grupo de fotógrafos, en un evento va a tener más flashazos, y eso le da un bono extra sobre los demás, si es que hay alguna competencia política por una candidatura o algo así. Desgraciadamente los fotógrafos nos prestamos, todos caemos en situaciones así, y a veces ni cuenta nos damos, son corruptelas pequeñitas, pero pasan.
En la nota roja se define un fotógrafo. En la nota roja te formas: de entrada tienes que llegar pronto al lugar de los hechos, tienes que confrontarte y enfrentarte a circunstancias distintas que en política, donde todo está hecho —hay un presídium, un lugar para los fotógrafos-. En la nota roja no, es un campo libre donde, si alguien te dice “detente, no pasas”, te pruebas a ti mismo, tus capacidades de movilidad, de vocación, y aprendes a ver hasta dónde es lo privado y hasta dónde lo público.
Un buen fotorreportero debe ser honesto consigo mismo, congruente y tener sus propios valores éticos para que, al hacer su trabajo, pueda, cuando le brinque algo, decir “aquí no estoy haciendo lo correcto, estoy mintiendo, estoy manipulando”, y pueda evitarlo.
La fotografía no sólo es mi carrera —aunque no tengo una carrera profesional—, es en el medio en el que me siento a gusto, feliz, es mi trabajo, y encuentro en ella muchos retos, mucha responsabilidad. Además la fotografía me ha dado la posibilidad hasta de casarme, de hacer una familia, y la oportunidad de crecer. La fotografía no es sólo tomar una cámara.
La fotografía se me cruzó de manera muy accidental, a eso de los 17 años, acompañando a un vecino que era reportero de la nota roja en El Tiempo. Conocía la rutina, el Ministerio Público, la Cruz Roja, los hospitales, y un día el director me dio una cámara y me dijo: “Ya me cansé que estés de huevón. Ten una cámara”. Yo no sabía qué demonios hacer con esa cajita. Así es como empecé. Pero decidí realmente ser fotógrafo muchos años después.
Me pegó muy fuerte salir a la calle y ver cuestiones de pobreza, de marginación, me abrió los ojos a la realidad, a eso de los 24 años. Fue entonces cuando asumí mi profesión. Dije: en lugar de ser fotógrafo de vida cotidiana, voy a ser periodista. En ese entonces el periodismo no era como ahora, no había una reflexión, una actitud, un tanto de crítica.
Mis maestros en Xalapa fueron Noé Valdés, fotógrafo oficial de un gobernante, José Muñoz, fotógrafo de sociales, y cuando llegó a Puebla, el personaje de quien aprendí es Raymundo Lira, que fue fotógrafo de Miguel de la Madrid, un tipo muy técnico, profesional. La fotografía como oficio la aprendí con él.
Nunca estudié música, ni sé cómo se escribe la música pero, a mi manera, componía. Yo quería ser un cantautor, a mí me gustaba Serrat, desde los 12 años hasta toda la vida. En ese entonces el único que andaba por ahí medio tocando era Óscar Chávez, pero a mí nunca me gustó, me parecía vacío. Y no tocaba temas sobre la situación que yo veía en México, entonces abracé otra cultura: la española, otras historias que no tenían que ver con mi país, pero con eso me conformé.
Dos sucesos en mi vida me definen: en Xalapa, cuando fui fotógrafo de policiaca —el fotógrafo de policíaca se emociona porque hay incendios, accidentes, me da pena decirlo, pero sucede. Reporteaba y redactaba en El Tiempo de Xalapa. Un domingo salí tarde y no tenía información: en el hospital no había nada, no había detenidos… a las ocho de la noche en el Ministerio Público me dicen: “Hay un 14 en la Carretera Veracruz -Perote”. Casi casi di gracias a Dios: “Salió una foto”, corrí, hice mis fotos, “destapen el cadáver” —llegas con el MP, sientes que eres, si no superior, un personaje importante—, y a la hora de pedir el nombre me dicen que era Roberto Munguía. Dije “me suena, me suena”. Era mi tío, que fue casi como mi padre para mí, y no lo reconocí. Para mí fue un golpe terrible: no sé si se me cayó la cámara; llegaron los del MP, los de la morgue y me ayudaron porque yo estaba en shock (…) Desde ese momento dije: “jamás en mi vida vuelvo a tratar a un muerto con esa actitud de arrogancia”. Cada vez que sucede algo recuerdo a mi tío, recuerdo que somos personas, que me puede tocar a mí. El otro fue un suceso chistoso, una bofetada que me enseñó que no hay que ser tan arrogantes, porque hay gente por ahí en otras áreas que hace trabajos más respetables.
El periodismo en Puebla es un periodismo es muy alejado de la sociedad, la mayoría de las veces es un periodismo político.
Texto: Elisa Vega Jiménez
Fotos: Tere Murillo / Ulises Ruiz
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